Maestro Eckhart:
"Mi hombre exterior ama a todas las criaturas simplemente en tanto que criaturas, en tanto que vino, pan y carne. Pero mi hombre interior no las ama en tanto que criaturas, sino como dones de Dios. Pero mi hombre más íntimo no las ama como dones de Dios, sino en tanto que ellas son eternas y siempre eternas y aún eternas" (Sermón nº 13).
3/2/10
1/2/10
1 febrero 2010
DEL NO SABER Y LOS APEGOS
Lo que creo saber, lo que doy por cierto y aquello por lo que rijo mi vida, en realidad es, en su mayor parte, conocimiento de segunda mano.
¿Soy el cuerpo? Ni idea.
¿Moriré o la muerte ocurre en mí? Ni idea.
¿Hay algo ahí afuera? Ni idea.
Ya Descartes, entre tantos otros, se planteaba estas cosas, pero, sin tantas pretensiones, si me pongo en serio a dilucidar qué es lo que sé, lo que verdaderamente sé sin que (más o menos) nadie me lo haya dicho, me vienen a la mente un par de simplezas:
Parece que las cosas cambian. Y parece que algo se da cuenta.
Y si hay algo más, en este momento no se me ocurre.
Bueno, sí, algo más podría decir: Cuando no quiero que las cosas cambien y éstas lo hacen de todos modos, sufro.
Pero ¿por qué sufro? Debe ser lo que llaman el apego. Es decir, que quiero que las cosas sean como a mí me acomoda.
Esto parece la carta a los Reyes magos: Que no haya muerte. No enfermar. No envejecer. No tener que trabajar. Tener las necesidades cubiertas. Que mi pareja me quiera sobre todas las cosas y por siempre jamás. Que mis hijos hagan lo que yo quiero. Seguridad, seguridad, seguridad. Que todo el mundo me considere, ame, respete y admire. Seguridad, seguridad, seguridad. Certezas. Paz. Iluminación. Dios. Eternidad. Sentido...
¿Adónde voy con esa mochila? Y ¿cómo se compagina eso con lo que sé sin ninguna duda, es decir, que las cosas cambian?
Así me va.
Y ¿qué hago buscando maestros, buscando conocimientos, buscando... más peso para la mochila,
sin tomar en serio, verdaderamente en serio, lo que sé, y sin hacer nada para deshacerme de ese peso insoportable? (¿Pero lo tengo que hacer yo, o se hace en mí? Ni idea.)
Si lo que quiero son las cosas de esa carta a los Reyes, no tendría por qué avergonzarme. El problema es que llevo toda la vida intentando modelar el mundo a esa imagen, con éxito cero.
Cualquier persona razonable se habría sentado hace tiempo a considerar que algo no va bien y cambiar el rumbo, pero, al parecer, yo no soy una persona razonable.
A ver. Si a mi pareja le diera por irse, ¿sobreviviría? Seguro que sí. Y si mis hijos pasaran de mí, también, y si me quedo sin trabajo, incluso en estos tiempos de crisis, algo haría para encontrar otro, y si ni eso es posible, conozco gente que vive debajo de los puentes y se dedica a aparcar coches, y siguen ahí. Y conozco gente que padece enfermedades graves y deformantes, o serios dolores crónicos, y pueden resistirlo. Y, si yo no pudiera, siempre está ahí el suicidio. En cuanto a vivir sin sentido o sin iluminación, llevo una montonada de años así y no me ha pasado nada. Y, finalmente, todo el mundo sabe morirse, por lo que deduzco que, cuando me llegue la hora, yo lo haré igualmente bien.
¿Entonces? Entonces, como mientras escribía el párrafo anterior se me iba encogiendo el corazón, parece que asumiría todo lo antedicho, pero protestando, chillando y sintiéndome una víctima. Es decir, que no puedo hacer nada para que las cosas sean como yo quiero. Ni siquiera para que yo me las tome bien cuando son como son.
Si yo consiguiera pasar de todo lo anterior, de una u otra manera...¡Qué libre me sentiría! ¡Cómo volaría, llena de vida, de un momento al siguiente!
Y ya estoy apegándome a una nueva imagen: Mujer etérea que trisca por los prados de la libertad emitiendo gorgoritos.
O sea, que las cosas son como son, y yo también. Y que no puedo hacer nada para cambiar eso.
Decepcionante conclusión, pero así es la vida.
Lo único que puedo decir es que algo se da cuenta de todo lo anterior.
¿Y cómo salgo del lío?
Hoy, aquí y ahora, ni idea. Ya veremos.
Pero tal vez sea preferible quedarse con tan magra verdad y esperar a ver qué pasa, que pretender que sé lo que no sé.
A lo mejor, mañana me contradigo (tengo que recordar que todo cambia).
Pero, hoy por hoy, mi opción (o la opción que se toma en mí) resulta ser quedarme en el no saber. Nada.
Y seguir mi vida como si tal cosa.
De momento, noto con sorpresa que (salvo un cierto nudo en el plexo solar) no sufro demasiado, aquí y ahora.
Y eso que no tengo seguridad, ni certezas, ni vida eterna, ni...
¿A ver si va a ser que no necesito nada de eso? De nuevo, ni idea.
Continuará (probablemente) por éstos u otros derroteros.
Lo que creo saber, lo que doy por cierto y aquello por lo que rijo mi vida, en realidad es, en su mayor parte, conocimiento de segunda mano.
¿Soy el cuerpo? Ni idea.
¿Moriré o la muerte ocurre en mí? Ni idea.
¿Hay algo ahí afuera? Ni idea.
Ya Descartes, entre tantos otros, se planteaba estas cosas, pero, sin tantas pretensiones, si me pongo en serio a dilucidar qué es lo que sé, lo que verdaderamente sé sin que (más o menos) nadie me lo haya dicho, me vienen a la mente un par de simplezas:
Parece que las cosas cambian. Y parece que algo se da cuenta.
Y si hay algo más, en este momento no se me ocurre.
Bueno, sí, algo más podría decir: Cuando no quiero que las cosas cambien y éstas lo hacen de todos modos, sufro.
Pero ¿por qué sufro? Debe ser lo que llaman el apego. Es decir, que quiero que las cosas sean como a mí me acomoda.
Esto parece la carta a los Reyes magos: Que no haya muerte. No enfermar. No envejecer. No tener que trabajar. Tener las necesidades cubiertas. Que mi pareja me quiera sobre todas las cosas y por siempre jamás. Que mis hijos hagan lo que yo quiero. Seguridad, seguridad, seguridad. Que todo el mundo me considere, ame, respete y admire. Seguridad, seguridad, seguridad. Certezas. Paz. Iluminación. Dios. Eternidad. Sentido...
¿Adónde voy con esa mochila? Y ¿cómo se compagina eso con lo que sé sin ninguna duda, es decir, que las cosas cambian?
Así me va.
Y ¿qué hago buscando maestros, buscando conocimientos, buscando... más peso para la mochila,
sin tomar en serio, verdaderamente en serio, lo que sé, y sin hacer nada para deshacerme de ese peso insoportable? (¿Pero lo tengo que hacer yo, o se hace en mí? Ni idea.)
Si lo que quiero son las cosas de esa carta a los Reyes, no tendría por qué avergonzarme. El problema es que llevo toda la vida intentando modelar el mundo a esa imagen, con éxito cero.
Cualquier persona razonable se habría sentado hace tiempo a considerar que algo no va bien y cambiar el rumbo, pero, al parecer, yo no soy una persona razonable.
A ver. Si a mi pareja le diera por irse, ¿sobreviviría? Seguro que sí. Y si mis hijos pasaran de mí, también, y si me quedo sin trabajo, incluso en estos tiempos de crisis, algo haría para encontrar otro, y si ni eso es posible, conozco gente que vive debajo de los puentes y se dedica a aparcar coches, y siguen ahí. Y conozco gente que padece enfermedades graves y deformantes, o serios dolores crónicos, y pueden resistirlo. Y, si yo no pudiera, siempre está ahí el suicidio. En cuanto a vivir sin sentido o sin iluminación, llevo una montonada de años así y no me ha pasado nada. Y, finalmente, todo el mundo sabe morirse, por lo que deduzco que, cuando me llegue la hora, yo lo haré igualmente bien.
¿Entonces? Entonces, como mientras escribía el párrafo anterior se me iba encogiendo el corazón, parece que asumiría todo lo antedicho, pero protestando, chillando y sintiéndome una víctima. Es decir, que no puedo hacer nada para que las cosas sean como yo quiero. Ni siquiera para que yo me las tome bien cuando son como son.
Si yo consiguiera pasar de todo lo anterior, de una u otra manera...¡Qué libre me sentiría! ¡Cómo volaría, llena de vida, de un momento al siguiente!
Y ya estoy apegándome a una nueva imagen: Mujer etérea que trisca por los prados de la libertad emitiendo gorgoritos.
O sea, que las cosas son como son, y yo también. Y que no puedo hacer nada para cambiar eso.
Decepcionante conclusión, pero así es la vida.
Lo único que puedo decir es que algo se da cuenta de todo lo anterior.
¿Y cómo salgo del lío?
Hoy, aquí y ahora, ni idea. Ya veremos.
Pero tal vez sea preferible quedarse con tan magra verdad y esperar a ver qué pasa, que pretender que sé lo que no sé.
A lo mejor, mañana me contradigo (tengo que recordar que todo cambia).
Pero, hoy por hoy, mi opción (o la opción que se toma en mí) resulta ser quedarme en el no saber. Nada.
Y seguir mi vida como si tal cosa.
De momento, noto con sorpresa que (salvo un cierto nudo en el plexo solar) no sufro demasiado, aquí y ahora.
Y eso que no tengo seguridad, ni certezas, ni vida eterna, ni...
¿A ver si va a ser que no necesito nada de eso? De nuevo, ni idea.
Continuará (probablemente) por éstos u otros derroteros.
30/1/10
30 enero 2010
En cierta ocasión, no hace demasiado tiempo, llegué a la catedral de Santiago.
"Espiritual" que es una.
Lo que no me esperaba, lo que de ninguna manera me esperaba, fue el irresistible impulso que me invadió de acercarme al sacramento de la confesión.
Hacía décadas que no me confesaba.
Traté de resistirme, alegando ante mí misma que quien esperase en el confesonario no iba a entender nada de lo que alguien tan "compleja" como yo tenía para decir.
Pero el impulso crecía y crecía, así que con una mezcla de miedo y sobrecogimiento me acerqué al confesonario. Y empecé a llorar y a llorar.
Quien me acogió fue un hombre de Dios, sencillo, sabio y lleno de amor.
Que me escuchó confesar mis traiciones, hacia los demás y hacia mí misma, me aceptó, me absolvió y cuando, llena de gratitud, me iba a marchar, me retuvo y me dijo:
"Por favor, de vez en cuando, cuando se acuerde, pida a Dios por mí".
Nunca, desde entonces, he dejado de hacerlo.
La penitencia que me impuso fue rezar unas oraciones ante la Divina Madre. Decía que nos condenamos demasiado a nosotros mismos, y que tendemos a olvidar el amor de María.
Así que recé ante una Virgen negra que irradiaba en un pequeño altar.
Este blog, entre otras muchas cosas, nació de aquella confesión. Sus efectos aún no han terminado, porque, a diferencia de aquél hombre de Dios, yo aún no he terminado de absolverme.
Pero lo que sí voy a tratar de hacer es traicionarme lo menos posible.
Y no avergonzarme jamás de seguir el camino del amor.
"Espiritual" que es una.
Lo que no me esperaba, lo que de ninguna manera me esperaba, fue el irresistible impulso que me invadió de acercarme al sacramento de la confesión.
Hacía décadas que no me confesaba.
Traté de resistirme, alegando ante mí misma que quien esperase en el confesonario no iba a entender nada de lo que alguien tan "compleja" como yo tenía para decir.
Pero el impulso crecía y crecía, así que con una mezcla de miedo y sobrecogimiento me acerqué al confesonario. Y empecé a llorar y a llorar.
Quien me acogió fue un hombre de Dios, sencillo, sabio y lleno de amor.
Que me escuchó confesar mis traiciones, hacia los demás y hacia mí misma, me aceptó, me absolvió y cuando, llena de gratitud, me iba a marchar, me retuvo y me dijo:
"Por favor, de vez en cuando, cuando se acuerde, pida a Dios por mí".
Nunca, desde entonces, he dejado de hacerlo.
La penitencia que me impuso fue rezar unas oraciones ante la Divina Madre. Decía que nos condenamos demasiado a nosotros mismos, y que tendemos a olvidar el amor de María.
Así que recé ante una Virgen negra que irradiaba en un pequeño altar.
Este blog, entre otras muchas cosas, nació de aquella confesión. Sus efectos aún no han terminado, porque, a diferencia de aquél hombre de Dios, yo aún no he terminado de absolverme.
Pero lo que sí voy a tratar de hacer es traicionarme lo menos posible.
Y no avergonzarme jamás de seguir el camino del amor.
30 enero 2010
La Madre Divina sosteniendo al Hijo muerto en los brazos.
Al mundo sin vida.
Empapando al mundo de amor.
Sólo después de esto es posible la resurrección.
Al mundo sin vida.
Empapando al mundo de amor.
Sólo después de esto es posible la resurrección.
30 enero 2010
AVISO PARA NAVEGANTES
(Y para baktis vergonzantes)
"Si hablando en lenguas de hombres y de ángeles no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Y si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo amor no soy nada. Y si repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo amor, nada me aprovecha.
El amor es paciente, es benigno, no es envidioso, no es jactancioso, no se hincha, no es descortés, no es interesado, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera".
(Pablo a los corintios)
(Y para baktis vergonzantes)
"Si hablando en lenguas de hombres y de ángeles no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Y si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo amor no soy nada. Y si repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo amor, nada me aprovecha.
El amor es paciente, es benigno, no es envidioso, no es jactancioso, no se hincha, no es descortés, no es interesado, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera".
(Pablo a los corintios)
29/1/10
30 enero 2010
Ese Verbo es Yo Soy.
Y es la Puerta sin puerta.
("Yo soy el camino, la verdad y la vida."
"Nadie va al Padre sino a través de Mí")
Y es la Puerta sin puerta.
("Yo soy el camino, la verdad y la vida."
"Nadie va al Padre sino a través de Mí")
29 enero 2010
"Alegraos, porque he aquí que nos ha nacido un Niño"
A veces ocurre que, en el portal de lo cotidiano, la luz traspasa la oscuridad de la materia, se produce la trasmutación y surge el Ser en toda su pureza.
Y el silencio se extiende por el mundo.
Entonces, verdaderamente, el Verbo se hace carne y habita en nosotros.
A veces ocurre que, en el portal de lo cotidiano, la luz traspasa la oscuridad de la materia, se produce la trasmutación y surge el Ser en toda su pureza.
Y el silencio se extiende por el mundo.
Entonces, verdaderamente, el Verbo se hace carne y habita en nosotros.
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